logo-Women-final_Negro.png

En Colombia: “tinto”

Actualizado: may 11


Como argentina, siempre he asociado la palabra “tinto” con el vino; incluso, se utiliza como un color: “vino tinto”. ¿Acaso la selección nacional de fútbol de Venezuela no se hace llamar “La Vino Tinto” por el color de su camiseta?

Cuando cursaba mis primeros años de universidad, me encontré con unas chicas colombianas en el salón. Grande fue mi sorpresa cuando, una mañana típica de invierno porteño, me preguntaron: “¿vamos a tomar un “tinto”?” Claro, lo dijeron con total normalidad pero mi cara de asombro debe haber sido para una foto. “Yo acompaño, pero es muy temprano”, pensé. Cuando las vi salir de una cafetería, con dos vasos plásticos y el café humeante en su interior, mi confusión fue total.

- ¿No querían un “tinto”?- Pregunté con timidez.

- ¡Ah! “tinto” en Colombia es un café – Contestaron entre risas.

Así fue mi primer acercamiento con el famoso “tinto”.

Por diferentes razones terminé viviendo dos años en Bogotá. Cuando llegué, tenía ventaja; ya sabía la importancia del “tinto” en aquél país tropical. Estoy hablando de Colombia: el cuarto exportador de café del mundo, los creadores del imperio Juan Valdez, donde las bayas rojas se entregaban como ofrenda a los muertos. Es por lo anterior que quise descifrar la relación que tienen los colombianos con la infusión más consumida del mundo.

El “tinto” se toma en casa. Lejos están de Italia o Argentina, lugares en donde salir a tomar café es un excelente plan. Nada de cappuccino, espresso o máquina; el “tinto” se hace en filtro de tela (colador) y se acabó. ¿La receta? Simple, intuición. ¿Cómo intuición? No es un ingrediente, pensarán; les cuento que sí.

Me puse en la tarea de pedir la receta del tesoro más preciado, de aquél que se ha transmitido de generación en generación. “Una cucharada de café y una taza de agua”; “poné a ojo el café hasta que llenes el fondo del colador, poné agua y fijate cómo está”; “yo lo hago a ojo, ya tengo la medida”.

No hay medidas, ni gramos, simplemente fluyen con el; son como uno. Crecieron con el aroma frutal de la coffea arábica, con el suave y sutil sabor. El “tinto” no distingue entre regiones, acentos o climas. Algunos lo prefieren solo; otros prefieren el “carajillo” (“tinto” con aguardiente); otros un “campesino” (“tinto” con panela, limón y canela); pero todos eligen la preparación casera, en colador (como ellos lo llaman) y con buena compañía. Quizá sea por todo lo que he contado que, para mí, Colombia tiene aroma a café.

En honor a ellos; a sus rituales; al arduo trabajo de los campesinos; a mis amigos colombianos y sus familias; a mis profesores, me preparo un “tinto intuitivamente” porque como escribió Shakespeare: “No debería pasar ni un minuto de nuestras vidas sin experimentar algún placer”.