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VIVIR 100 AÑOS, UNA META CADA VEZ MÁS POSIBLE

14/04/2016

 

La eterna juventud, evitar la muerte, son viejos deseos humanos. Si se sostiene el aumento de la esperanza de vida, cumplir un siglo será pronto algo habitual en los países desarrollados y por supuesto será un gran logro de la humanidad que continuará una tendencia que se viene dando desde la mitad del siglo XIX.

Ello conllevará también profundas transformaciones en el trabajo, el ocio, la estructura familiar y los estilos de vida.

 

A mediados del presente siglo, el 60% de las niñas que nazcan alcanzará los 100 años.  Durante el siglo XX se duplicó la esperanza de vida en países desarrollados. Globalmente, aumentó 20 años en el mundo desde 1950 y en el 2050 será de 75 años. En el 2100, la esperanza de vida en España, por ejemplo, será de 92,5 años, 96 para las mujeres, estima Naciones Unidas.

La mayor longevidad se consiguió al mejorar la salubridad, la nutrición y otras condiciones de vida y al reducir la mortalidad infantil y tratar las enfermedades infecciosas.

La ciencia busca prevenir y curar aún más las enfermedades que causan mayor mortalidad, como las cardiovasculares, el cáncer o las respiratorias, aunque quizás aparezcan otras, como más casos de enfermedades neurodegenerativas al alargarse la vida.

 

 

Entre los desafíos que surgen con esta realidad están las expectativas económicas de una ciencia e industria dedicada ahora a la longevidad y que promueve, entre otras muchas cosas, tomar decenas de suplementos vitamínicos y minerales para mantener la vitalidad.

¿Quién se atreve a ser rotundo sobre cómo evolucionará la humanidad? Las previsiones de una vida más larga se envuelven en debates económicos y éticos. La idea positiva de vivir más debe ir acompañada de la investigación de cómo evitar el sufrimiento, enfermedades dolorosas o que limitan la calidad de vida.  De lo que se trata es de vivir más años pero con buena salud. Y hoy ya se sabe que hay aspectos de la manera de vivir que lo favorecen: no fumar, una dieta sana, hacer ejercicio, tener unas buenas condiciones (materiales y mentales) de vida. Pero muchas veces no se tienen en cuenta estos factores, pese a ser controlables por la sociedad y, algunos, por cada persona. Desde el punto de vista del conocimiento científico tendremos la posibilidad de controlar muchos aspectos, pero ¿sabremos hacerlo? ¿querremos?

 

Otra cuestión esencial es que todo el mundo desea una vida plena y feliz. ¿Cómo se deberá ser para merecer vivir 100 o 150 años? “¿Abuela, a vos te gustaría llegar a los 100 años?”, le pregunta la nieta a una mujer que acaba de cumplir 80, con su cuota de patología ligada a la edad. “Si estoy lúcida, sí”, responde. “¿Y para qué te gustaría vivir tanto?” “Pues para disfrutar más de los nietos, para ver qué pasa en el mundo”. No hacen falta motivaciones más ambiciosas. Pero ¿tener más años por delante no acentuará el vacío existencial?

Hay quienes no ven la necesidad de vivir 150 años ni creen que sea una tarea sencilla lograrlo. Intentemos en primer lugar que la vida sea mejor para todos, retrasemos la vulnerabilidad humana lo máximo posible y aspiremos a que la muerte, un hecho natural y por tanto admisible, no llegue muy a destiempo para nadie.

Una sociedad en que muchos aspiren a vivir más de 100 años, sanos y felices, será un logro humano, pero comportará muchas exigencias y dificultades, coinciden los organismos políticos (la Unión Europea, por ejemplo) y laboratorios de ideas que intentan preparar ese marco. Si se traslada patrones de la actual sociedad del bienestar (jubilación laboral y pensiones, atención a ancianos o a enfermos crónicos, programas para una vejez activa) a ese futuro en que la tercera edad se prolongue al menos 20 años más, ya se vislumbran problemas para mantenerlo económicamente. Se apunta que se debería retrasar la jubilación (una medida ya adoptada por diferentes países), reducir las pensiones, facilitar el empleo flexible o con jornada reducida hasta edades más avanzadas. El costo sanitario hay quienes sostienen que no se disparará porque habrá mayor prevención de enfermedades o menos ingresos hospitalarios por los avances médicos, y una sociedad con personas mayores con asistentes robóticos y gadgets que les ayudarán a controlar su salud.

Por otra parte, el hecho de que cada vez haya más ancianos y que viven más hace insostenible la financiación de las pensiones.

 

Hay que evaluar si será difícil mantener servicios como pensiones o ayudas a la dependencia. Más aún, no se cree posible una sociedad desarrollada sin tales servicios. Su falta o escasez la sufren las mujeres que deben cuidar del resto de familiares.

Cambiarán las mentalidades. Está claro que se deberá revisar el uso de etiquetas como “vitalicio”, “perpetuo”, “para toda la vida”. Se antoja difícil que, por ejemplo, el mercado de consumo no haga diferencias dentro de esa gran franja de mayores de 60 años que, a partir del 2050, supondrá el 30% o 40% de la población en los países europeos, China o Brasil, a menos que haya una revolución demográfica. El concepto de “abuelo” cambiará radicalmente. De hecho ya ha empezado a cambiar ya que el rol tradicional de las personas ancianas que las generaciones más jóvenes percibían como abuelos ahora será ocupado por los bisabuelos de los cuales cada vez hay más.

Resulta impensable que se viva un 40% de la vida como “la tercera edad” actual. Si se alarga la existencia, quizás se tengan más parejas y más hijos. Si se prolonga la edad laboral, por qué no el período de estudios o la edad fértil. Y a las crisis de los 40 o los 50 años puede que haya que añadir la de los 80 o los 90.

Como vemos, sociológicamente cambios profundos nos esperan ante este escenario que para algunos es un sueño hecho realidad: la posibilidad de vivir más años y cumplir la vanidad del acercamiento a la inmortalidad.

 

¿Le gustaría a usted, lector, cumplir los 100 para vivir tales cambios?

 

 

 

 

 

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